15 feb. 2009

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Motivos para el alerta en Venezuela


Por Luis Bilbao

Una sucesión de provocaciones en los días previos al referendo por la enmienda constitucional en Venezuela indica el despliegue de un plan perturbador que bien podría verse continuado con intentos de desestabilización luego del comicio.

Entre muchas otras que sería tedioso enumerar, sobresalen las acciones violentas de pequeños grupos estudiantiles, circulación de una proclama contrarrevolucionaria entre la oficialidad de las Fuerza Armada, un auto atentado en una sinagoga, el anuncio de un viaje de Lech Walessa (el ex dirigente polaco dependiente del Vaticano y la CIA) coincidente con el momento electoral y la provocación del diputado español Luis Herrero, del fascista Partido Popular, quien llegado a Caracas como observador internacional hizo declaraciones injuriosas, a sabiendas de que eso sería motivo para su expulsión por parte del Consejo Nacional Electoral.

Todo esto acompañado por una orquestada campaña de prensa internacional, que sin pudor ni límite alguno en la tergiversación de la verdad trabajó para confundir el significado de la enmienda, mostrándola como el paso previo a la instauración de una dictadura en Venezuela. Como sólo ocurre en momentos excepcionales de peligro para el control imperialista, la gran prensa estadounidense –en especial el diario The Washington Post- puso en juego su credibilidad mintiendo y falsificando a través de notas editoriales.

La campaña arreció después de una reunión de los cabecillas de la oposición con oficiales del Departamento de Estado realizada en Puerto Rico el pasado 9 de enero, donde se ajustaron planes de desestabilización ante la evidencia de que el Sí ganaba ventaja en el electorado, momento en el cual la corriente socialcristiana internacional entregó tres millones de dólares a los conspiradores, entre quienes se encontraban el director de Globovisión, Alberto Federico Ravell, y el titular del partido Primero Justicia, Julio Borges.

Uno a uno estos movimientos apuntados a desatar la violencia en Venezuela antes de la elección fueron descubiertos y neutralizados por el gobierno; incluyendo la detección y desmantelamiento de cómo mínimo dos comandos de paramilitares colombianos contratados por el ala guerrerista de la oposición.

En la reacción defensiva del gobierno sobresalió la capacidad para detectar y detener a varios oficiales de la FA involucrados en una incipiente conspiración golpista. Y no menos resonante fue la respuesta militar a la operación destinada a involucrar públicamente en la conspiración golpista al general Jesús González González, titular del Plan República, mecanismo encargado de garantizar el acto electoral.

A la vez que los organismos de inteligencia obraron con eficiencia y celeridad en un grado no observado en ocasiones anteriores, la fuerza principal para neutralizar esta escalada residió en la movilización de masas en función de un minucioso plan de acción diseñado por Hugo Chávez –y, acaso por primera vez, escrupulosamente controlado en su realización por el propio Presidente, como si se tratase de una operación militar- para llevar a cabo la tarea de clarificación de la ciudadanía ante el desafío electoral. Así, la salida a la calle de la juventud identificada con la revolución neutralizó el intento de hacer aparecer a los estudiantes como compacta fuerza de masas en oposición y paralizó a los potenciales adherentes a los grupos contrarrevolucionarios, que vieron sus actos y movilizaciones reducidos a una patética expresión de aislamiento. Paralelamente, cientos de miles de “patrulleros”, salieron a explicar a la población el significado del voto.

Nunca antes había ocurrido esto en tal dimensión. En las elecciones para gobernadores y alcaldes de noviembre último el Partido Socialista Unido de Venezuela había mostrado sus potencialidades y fue el artífice del gran avance electoral en aquella oportunidad. Pero ahora su papel ha sido cualitativamente superior: actuó como genuina herramienta de masas movilizada por una dirección abroquelada tras un objetivo revolucionario y socialista.
El significado de un eventual resultado positivo en la enmienda constitucional, sumado a la revelación de este nuevo fenómeno que es el Psuv como partido de combate, exacerba la beligerancia opositora.

Con la posibilidad de que Chávez pueda ser candidato en las próximas elecciones de 2012, quedaría clausurada a cal y canto cualquier perspectiva de victoria electoral opositora en la disputa presidencial. A la vez, estaría bloqueada la posibilidad de que grupos opositores tentaran a ciertas franjas gelatinosas del Psuv para hacer de la lucha por candidaturas un factor de división y debilitamiento.

Los estrategas estadounidenses saben el significado que esto tendría, no sólo para Venezuela sino para toda América Latina. Por eso han articulado un crescendo en el accionar contrarrevolucionario, que prácticamente no ha hecho campaña en torno del tema del referendo, limitándose a denunciar un ridículamente insustentable peligro de dictadura en la figura de Hugo Chávez.

Por eso es lógico esperar que el último paso de esta escalada sea el desconocimiento de la victoria del Sí, adelantada por todas las encuestadoras, incluidas las pagadas por cabecillas opositores.
Aunque siempre el veredicto queda en manos de los hombres y mujeres que concurren o no a emitir su voto, todo indica que la inédita labor de propaganda revolucionaria llevada a cabo por el Psuv –y por el desmesurado esfuerzo del propio Chávez- tendrá como resultado la concurrencia masiva del pueblo pobre a cumplir con el acto electoral. Si eso se verifica, el triunfo del Sí será rotundo, en proporciones incluso superiores a las vistas en la histórica elección de 2006, cuando Chávez fue reelegido con su propuesta socialista como consigna rectora.

Ante tal perspectiva, tiemblan no sólo los jefes imperialistas. La preocupación atenaza igualmente a gobiernos centristas que intuyen la dinámica que se entablará en toda la región con una decimocuarta victoria electoral de la revolución bolivariana.

Así, es de esperar una intervención desesperada de los estrategas del imperialismo, aturdidos por la potente combinación de la crisis mundial capitalista y la afirmación programática, organizativa y política de una respuesta revolucionaria socialista. Y lo mismo vale para suponer una retracción de semi-aliados suramericanos, que en medio del tembladeral apuestan su sobrevivencia a un acuerdo con la respuesta a la crisis que el imperialismo pretende sellar en la reunión del G-20, en Londres, el próximo 2 de abril.

Corresponde entonces estar alertas ante los acontecimientos del 15 de febrero. Si Estados Unidos lograra imponer una situación de violencia frente a la victoria del Sí, el conflicto en Venezuela se extendería como reguero de pólvora a toda la región. Aquello que es imposible esperar de gobiernos timoratos, la movilización masiva a escala continental en defensa de la libre expresión de las mayorías venezolanas, queda en manos de todos y todas quienes por millones vemos en el gobierno revolucionario de Venezuela un faro para orientar a América Latina y el Caribe, en un momento de crisis extrema a escala mundial.

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