15 dic. 2009

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Traición a la II República (I)


Nuestro enemigo principal es el fascismo. Contra él concentramos todo el fuego y todo el odio del pueblo. Contra él ponemos en pie todas las fuerzas prestas a aniquilarlo; pero nuestro odio va dirigido también, con la misma fuerza concentrada, contra los agentes del fascismo, que como los ‘poumistas’, trotskistas disfrazados, se esconden detrás de consignas pretendidamente revolucionarias para cumplir mejor su misión de agentes de nuestros enemigos emboscados en nuestra propia tierra.

No se puede aniquilar a la Quinta Columna si no se aniquila también a los que políticamente defienden también las consignas del enemigo, encaminadas a desarticular y desunir las fuerzas antifascistas.

José Díaz: Informe al Pleno del Comité Central, 8 de marzo de 1937

En plena guerra civil, el Primero de Mayo de 1937 no se celebró en Barcelona. Paradójicamente, aquel sábado fue día laborable. En el campo antifascista la situación entre las diversas organizaciones era tan tensa que, para prevenir enfrentamientos, no se celebró ninguna manifestación en las calles. El trabajo se destinó a la producción de guerra.

El lunes siguiente, poco antes de las tres de la tarde, tres camionetas con Guardias de Asalto paran delante del edificio de la telefónica, penetran en el interior y desarman a los militantes de la CNT (Confederación Nacional del Trabajo) y de la FAI (Federación Anarquista Ibérica) que lo ocupaban. Están al mando de Rodríguez Salas, un militante de la UGT (Unión General de Trabajadores) y del PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya). Pero no pueden acceder a los pisos superiores, donde los anarquistas tienen emplazada una ametralladora.

Rápidamente por toda Barcelona se forman multitud de grupos armados y se levantan las primeras barricadas en las calles. Los comercios cierran y los tranvías dejan de funcionar a las siete de la tarde. Estalla una guerra dentro de la guerra. Por una parte, la CNT-FAI y el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), es decir, los anarquistas y los trotskistas, y por la otra, todos los demás, el gobierno autónomo de la Generalitat de Catalunya, el PSUC, ERC (Esquerra Republicana de Catalunya) y Estat Català. Durante cuatro días se sucedieron los tiroteos, dejando un rastro de 500 cadáveres en la calle, y no eran de los fascistas precisamente.

En la otra guerra, los fascistas festejaron por todo lo alto aquella batalla callejera, de la que no parecían sorprendidos. Habían hecho todo lo posible por romper la unidad antifascista y aquello era el éxito más importante de sus esfuerzos. Todo lo que debilitara al Frente Popular, debilitaba a la República o, lo que es lo mismo, fortalecía al fascismo. El cuartel general fascista sabía que, precisamente en Barcelona, el Frente Popular acusaba signos de debilidad y durante meses hicieron todo lo posible por sembrar las rivalidades internas. No es casualidad que aquel enfrentamiento hubiera estallado en Barcelona:

— era la retaguardia, el sitio donde se habla más de lo que se combate
— era el lugar donde la CNT era más fuerte (y el Frente Popular más débil)
— era el lugar donde el POUM era más fuerte (y el Frente Popular más débil)
— la quinta columna franquista contaba con las redes de la Lliga de Cambó
— el espionaje italiano estaba muy sólidamente instalado desde tiempo atrás
— los comunistas catalanes habían formado su partido, el PSUC apenas diez meses antes.

En Barcelona se refugiaban los desertores y los que no se atrevían a ir a las trincheras y, sin embargo, se atrevían a luchar contra la República burguesa por la espalda. Para ellos el enemigo no eran los fascistas sino los republicanos.

Aunque no tanto como en el frente, durante la guerra la vida en la retaguardia fue muy dura y no siempre se hizo todo lo posible por resolver los problemas de las masas, ni tampoco de la mejor manera posible. Era muy sencillo achacar todos los problemas al Gobierno y al Frente Popular, tratando de volcar sobre ellos el malestar de la población. Es lo que el fascismo hizo para minar la moral y sembrar la dudas, siempre con la colaboración de sus cómplices. En lugar de denunciar al fascismo, denunciaban a la República como causante de todos los males, reales o imaginarios.

Tras violentos choques armados durante la noche y la mañana, a las 13'30 del día siguiente los comités regionales de la CNT y de la FAI pidieron el cese de los combates. A las 21'00 de la noche la radio de la Generalitat emitió otro llamamiento de los dirigentes de las distintas organizaciones antifascistas para que cesara el enfrentamiento. No tuvo mucho eco, de manera que los tiroteos continuaron todavía varios días más, sembrando las sospechas acerca de la trama de aquel golpe contra la República que nadie había convocado y que se resistía al armisticio. La muerte recorre las calles.

El general Mola, uno de los organizadores del alzamiento fascista, dijo en los comienzos de la guerra que cuatro columnas marchaban al asalto de Madrid y que una quinta le esperaba ya en su interior. Así nació la expresión quinta columna como sinónimo de colaboración con el enemigo. Los fascistas tenían a sus agentes bien emboscados en el interior de la República y del Frente Popular, de manera que era imposible derrotarles sin desenmascarar a los traidores que, obviamente, no podían desempeñar su tarea si se presentaban brazo en alto con la camisa azul o la boina roja.

En Barcelona la infiltración en las filas sindicales y revolucionarias no databa de la guerra sino de tiempo atrás. En el siglo pasado Barcelona constituía el núcleo proletario más importante. La CNT, que en 1915 tenía 15.000 miembros, había pasado en 1919 a 714.028 afiliados.

Resonaban con fuerza los ecos de la Revolución de Octubre, llenando de ánimo a los trabajadores e infundiendo el pánico entre la burguesía. Para combatir a las organizaciones obreras, desde un principio la policía empleó la infiltración como método represivo para desarticularlas y sembrar la confusión. Este problema se agravó notablemente como consecuencia de la I Guerra Mundial, cuando en la capital catalana se refugiaron muchos antiimperialistas europeos de las más variadas condiciones, desde pacifistas y desertores hasta revolucionarios perseguidos en sus países de origen. Barcelona se convirtió en la capital mundial del espionaje, una encrucijada donde las potencias imperialistas movían a sus peones en la sombra, con ramificaciones por todos los ámbitos sociales.

Máxima expresión de la infiltración, la patronal creó en 1919 el denominado Sindicato Libre del que se conocieron mejor sus disparos que sus reivindicaciones laborales. De origen carlista, el Sindicato Libre era en realidad uno de los múltiples brazos armados de la patronal que trabajaba en estrecha vinculación con la policía y el somatén. Fue dirigido por Ramón Sales Amenós (1900-1936), un antiguo militante de la CNT.

Se produjeron todas las situaciones turbias propias de ese submundo tan complejo, que salpicaron a las organizaciones obreras. La burguesía catalana acusó a la CNT, que se había constituido en 1910, de estar subvencionada por el gobierno alemán porque fomentaba huelgas en las fábricas catalanas que trabajaban para los aliados. Cuando en septiembre de 1920 el general Millán Astray creó el Tercio de Legionarios en Marruecos, según el propio general, los primeros 500 legionarios fueron catalanes que huían de la policía, en su inmensa mayoría antiguos anarquistas.

Además de la policía estaba el somatén, dirigido por José Bertrán y Musitu, un nacionalista burgués, y toda una red paralela de pistoleros amparados en las cloacas policiales y al servicio de los capitalistas. Por encargo de la patronal, en 1919 el antiguo comisario de policía Manuel Bravo Portillo, a la vez espía alemán, organizó una policía paralela para luchar contra los sindicatos obreros.

En una carta de la Federación Patronal dirigida el 9 de abril de 1919 a Milans del Bosch, el Capitán General de Catalunya, la burguesía le decía: Los abajo firmantes, representantes de la casi totalidad de Patronos de Barcelona, a V.E. respetuosamente exponen: Que en vista de que la Policía Barcelonesa ha dado palmarias muestras de su impotencia en evitar las coacciones y atentados de que son víctimas tanto patronos como obreros libres, han resuelto la formación de una policía particular que supla esas deficiencias y sea el amparo de sus vidas constantemente amenazadas, encargando de la organización de dicha policía a Don Manuel Bravo Portillo, que tantas muestras tiene dadas de competencia policíaca, como lo demuestra entre otras, en que es el único Jefe que durante el tiempo que estuvo mandando la Brigada de Servicios Especiales, no se cometió atentado alguno, logrando en cambio la captura de los supuestos autores de anteriores atentados, cuyos hechos le valieron la enemiga de los Sindicatos, todos los que, según parece, continúan imperando en esta región, toda vez que según noticias particulares que a nosotros llegan, dicho Sr. Bravo Portillo ha recibido la orden de salir inmediatamente para Madrid a presentarse al Excmo. Sr. Director de Seguridad medida para nosotros incomprensible cuando V.E. ha demostrado abundar con respecto al Sr. Bravo Portillo en las mismas ideas que nosotros cuando le ha designado para desempeñar misiones de su confianza.

Bravo Portillo, que vivía en Barcelona desde 1909, instaló su oficina en el número 17 de la calle Septembrina, que estuvo dirigida por Fernández Terán, un antiguo oficial de la Guardia de Seguridad. La policía contaba con numerosos confidentes dentro de la CNT, muchos de los cuales se integraron luego en la red paralela.

Organizados en grupos de 10 mercenarios, confidentes, antiguos miembros del sindicato y delincuentes comunes pasaron a formar parte de la red paralela de Bravo Portillo. Aquellos sicarios cobraban 15 pesetas diarias más primas por cada asesinato cometido. La policía proporcionaba a la banda de matones acreditaciones policiales para que pudieran operar con toda clase de facilidades.

Aunque en setiembre de 1919 lograron ejecutar a Bravo Portillo y a otros pistoleros, por sus propias formas de organización libertaria y sindical, la CNT no fue capaz de atajar la ofensiva policial y se vio sumida en las dudas. Cualquiera era sospechoso de ser delator, de manera que se produjeron enfrentamientos entre los propios militantes, acusándose los unos a los otros de confidentes y entablándose varias reyertas. En sólo tres años, más de 600 militantes anarquistas cayeron asesinados por pistoleros al servicio de la patronal.

Tras la muerte de Bravo Portillo, el Barón König, que en realidad se llamaba Rudolf (o Fritz) Stallman, tomó el mando de su grupo de mercenarios. Personaje siniestro que había sido agente del espionaje alemán durante la I Guerra Mundial, König era la clave del entramado turbio barcelonés en aquel momento. Prestaba servicios de guardaespaldas a los patronos después de presentarles informes falsos en los que les aseguraba que los obreros de sus fábricas estaban tramando atentados contra ellos. Los sucios negocios del supuesto Barón prosperaron tanto que organizó una agencia de detectives en el número 6 de la Rambla de las Flores, a la vez que ampliaba la banda hasta unos 70 matones, casi todos reclutados en los bajos fondos.

El falso Barón se convirtió en un peligro para la propia burguesía. En enero de 1920 sus sicarios atentaron contra Félix Graup era, presidente de la patronal. A finales de mayo el presidente del gobierno, Eduardo Dato, tuvo que intervenir para expulsar a König por no tener su documentación en regla, pensando que esto calmaría la situación social de Barcelona. No fue así.

Muchos de los personajes clave de aquella época no sólo sobrevivieron sino que escalaron. El gobernador civil de Barcelona, el general Martínez Anido, fue ministro del Interior tras la dictadura de Primo de Rivera (1923) y luego ocupó el mismo cargo en los primeros gobiernos franquistas. El jefe del somatén de Barcelona, Bertrán y Musitu, que era el intermediario entre el Barón König y el gobernador militar Milans del Bosch, fue ministro en los últimos años de la monarquía y en 1936 creó el SIFNE (Servicio de Información de la Frontera Noroeste), los primeros servicios secretos del franquismo. Antiguo carlista y luego abogado de Alfonso XIII, Bertrán y Musitu se había convertido en el brazo derecho de Francesc Cambó dentro de la Lliga Regionalista.

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