3 mar. 2010

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Traición a la II República (V y final)


Hoy anarquistas y trotskistas alardean de la traición, e incluso la presentan como una de esas revoluciones que tanto les gusta, pero no deja de sorprender que esa revolución fuera celebrada en los cuarteles generales de Hitler, Mussolini y Franco.

Los fascistas eran plenamente conscientes de que en Barcelona no había nada de qué preocuparse, de que el verdadero enemigo estaba en el campo de batalla y que la intentona de la Ciudad Condal sólo podía beneficiarles.

Todo lo que perjudicaba a la República y el Frente Popular interesaba a los fascistas. Por eso el Gobierno republicano y el Frente Popular -no sólo los comunistas- aplastaron la traición.

García Oliver escribe en sus memorias: La revolución no podía derivar de aquella rebelión sin cabeza. La victoria se lograba ahogando aquella rebelión absurda (El eco de los pasos, pg.425).

Los comunistas estuvimos -y estamos- de acuerdo con esto: aquello no era una revolución, como pretenden ahora anarquistas y trotskistas, y había que ahogarla. Así se hizo, pero no se exigieron responsabilidades; el PCE y el PSUC realizaron un amago pero no se emplearon a fondo.

No pecaron por exceso en el aplastamiento de la quinta columna, sino por defecto, y eso resultó fatal a largo plazo para la República. En cualquier otro país del mundo hubieran rodado las cabezas de manera fulminante; la República ni siquiera abrió una investigación para averiguar los hechos.

Para tapar su intervención en el golpe, una vez caída Catalunya en manos de los franquistas, Mussolini ordenó a Ciano que se encargara de que todos los italianos fueran fusilados, pues los muertos no podían hablar de lo que había sucedido (Diario, 22 de febrero de 1939). Era un reconocimiento claro de que detrás de golpe estaba su larga mano.

La República no quiso investigar; Mussolini ordenaba ocultar las pruebas... Había que acallar, pero al mismo tiempo había que manipular, tergiversar y engañar. Por eso, con los fusilamientos siempre vienen los folletos, los libros, los artículos y los documentales. ¿Pero quién escribía todo aquello? ¿Al dictado de quién?

Al tiempo que dirigía la federación anarco-comunista de París, Bernardo Cremonini era confidente de la POLPOL italiana. Fue uno de los primeros en escribir un folleto anticomunista acerca del golpe de Barcelona. Sus tesis -que eran las de los fascistas italianos- se propagaron por todo el movimiento libertario. Según el plan original de la policía política italiana, era el primero de una serie de publicaciones anticomunistas diseñadas por Mussolini.

A la luz de lo sucedido en Barcelona, el Duce había llegado a proponer la publicación de un periódico anarquista que ataque violentamente al fascismo, pero cuyo verdadero objetivo sea atacar al comunismo de la forma más resuelta y vulgar (Mauro Canali: Le spie del regime, Bolonia, 2004, pg.170). Mussolini quería que se llamara Lotta di Classe, como el periódico de Berneri, o Il Riscatto Libertario. El jefe de la POLPOL, Di Stefano, llegó incluso más lejos: He visto los artículos de Bero [Cremonini]. ¿No sería acaso posible publicar unas cuantas ediciones más? ¿No sería posible mantener viva la Guerra di Classe de Berneri? Si fuera necesario, podría obtenerse el apoyo de diversos partidos, por ejemplo en Ginebra, Chambéry, Marsella, Niza, Toulouse, etc., y Bélgica, y también, ¿por qué no?, de algunos italianos.

Se trataba, pues, de editar publicaciones con sellos libertarios y contenidos anticomunistas redactados por la policía fascista.

El plan fracasó entonces porque los infiltrados italianos en París no lograron obtener el consentimiento de otros anarquistas para llevarlo a cabo. Ese tipo de proyectos no se llevó a cabo exitosamente hasta los tiempos de la guerra fría.

El asesinato del capitán NarwichEl 10 de febrero de 1938 en Barcelona, hacia las 10 de la noche, un joven de unos 20 años vestido con el uniforme de capitán del Ejército republicano esperaba la llegada de una cita en un descampado de la calle Legalidad. Se aproximaron los dos militantes del POUM con los que había concertado la entrevista, uno de los cuales, sin mediar palabra alguna, le disparó en la cabeza a medio metro de distancia. El otro pistolero aseguró la muerte del capitán internacionalista disparando otras dos veces en su cabeza.
Cuando una hora después se presentó la policía y registraron el cadáver, le identificaron por los propios papeles que portaba consigo como León Narwich, voluntario polaco, capitán de las Brigadas Internacionales. Trabajaba en el Servicio de Investigación Militar (SIM) de las Brigadas Internacionales a las órdenes de Kurt Laube, jefe del SIM y de la delegación de las Brigadas Internacionales en Barcelona.

El POUM reivindicó el asesinato como venganza por la ejecución de Nin (Julián Gorkin: El proceso de Moscú en Barcelona. El sacrificio de Andrés Nin, Aymá, Barcelona, 1973) y luego trataron de justificarlo con diversas imputaciones extravagantes: que si era agente del NKVD, que si se había infiltrado en el POUM, que si participó en la detención de Nin, que si había fotografiado a sus militantes para que fueran identificados por la policía,...

Las más elementales consideraciones ponen de manifiesto que, otra vez, los trotskistas tratan de engañarnos porque en 1938 el POUM estaba ya ilegalizado y en la época no existían medios para tomar fotos sin que el fotografiado se apercibiera y, mucho menos, que no tratara de impedirlo.
Pero hay otro factor que nos parece importante para comprobar hasta qué punto están dispuestos a falsificar la historia para justificar sus provocaciones. Para comprobarlo basta seguir la historia un poco más adelante y examinar el atestado policial abierto para investigar el asesinato, que está en el Archivo Histórico Nacional, Causa General, Legajo 1710. Los trotskistas aseguran que el capitán Narwich y otro internacionalista, el alemán Lothar Marx, conocido como Joan, eran infiltrados del SIM en el POUM. Si esto fuera cierto, parece lógico pensar que la persecución policial se dirigiera contra esta organización...

No fue así; la policía republicana erró en sus pesquisas porque su información no era buena. Enfilaron la investigación contra los militantes de otro ínfimo grupúsculo trotskista autodenominado Sección Bolchevique-Leninista de España que dirigía G.Munis, varios de los cuales fueron detenidos. El grupúsculo SBLE, a diferencia del POUM, seguía al pie de la letra las orientaciones de Trotski y era aún más insignificante que éste.

El 13 de febrero de 1938 la policía detuvo a Jaime Fernández Rodríguez y Luis Zanón cuando se disponían a visitar a Munis en su domicilio en el cuarto piso de la calle Valencia 308, donde tenía alquilada una habitación. Luego detuvo al mismo Munis y al resto de militantes de la SBLE, que permanecieron en la comisaría de la Puerta del Ángel número 24 desde el 13 de febrero hasta el 10 de marzo de 1938 acusados del asesinato del capitán Narwich. Al día siguiente pasaron a disposición judicial y en la Prisión Modelo ingresaron Munis, Adolfo Carlini, Jaime Fernández (a estos tres se les pedía pena de muerte), Teodoro Sanz, Víctor o­ndik, Luis Zanón (que confesó) y Aage Kielso (que consiguió fugarse).

Fue un error. Los asesinos eran los pistoleros del POUM Lluis Puig, que falleció en 1939 preso en La Santé (París) de tuberculosis, y Albert Masó March (1918-2001), conocido como Albert Vega, Maille y Julio Gil.

El hecho es hoy conocido porque Masó se jactó de ello siempre que tuvo ocasión. Había ingresado en enero de 1934 en las Juventudes del BOC y Josep Rovira lo integró en los Grupos de Acción del BOC, que luego lo fueron del POUM, interviniendo en el intento de golpe de Estado de mayo de 1937 en Barcelona. Dos meses después fue detenido e ingresó en la Prisión Modelo pero no por dicho motivo sino por pegar carteles del POUM contra el gobierno de Negrín. Si hubiera permaneciendo en la cárcel, el capitán Narwich no hubiera sido asesinado, pero Masó salió en libertad en noviembre del mismo año y siguió impunemente su carrera de pistolero.

Se admitió su ingreso en la Escuela Militar y se le concedió el grado de teniente de la República contra la que se había levantado en armas y a uno de cuyos oficiales había asesinado. En febrero de 1939, cruzó la frontera y, una vez en Francia, se evadió del campo de Argelés donde recluyeron a los exiliados. Se dedicó a la delincuencia y a atracar bancos, por lo que fue detenido y encarcelado durante dos años, de 1939 a 1941, en La Santé. Pero como era un provocador, la policía vichysta le liberó, ingresando en la Fracción Francesa de la Izquierda Comunista a principios de 1944.

Tras la guerra mundial sigue su carrera aventurera en diversas organizaciones ultraizquierdistas: en diciembre de 1945 asistió a la Conferencia del Partido Comunista Internacionalista (bordiguista), reunida en Turín; en mayo de 1950 se afilia al grupo Socialisme ou Barbarie (SB) de la mano, entre otros, de los intelectuales burgueses Castoriadis y Lyotard. En 1963 está en Pouvoir Ouvrier hasta su autodisolución en diciembre de 1969 y, tres años después, regresa al POUM.

Nadie ha rodado un documental sobre el heroico capitán Narwich, aquel joven idealista polaco que vino a luchar contra los fascistas a España y fue tiroteado por un par de pistoleros sin escrúpulos; no hay libros, no hay tesis doctorales, ni conferencias, ni películas... El plan de asesinar a NegrínLos archivos del SIPM (Servicio de Información y Policía Militar, el espionaje franquista), no se han abierto hasta muy recientemente.

En Ávila el Archivo General Militar, Sección Cuartel General del Generalísimo, en el apartado referente al SIPM, existen dos documentos curiosos (c.2871/3 y la nota secreta R-291), numerados 27 y 32. El primero lleva fecha de 5 agosto de 1938. Es un nota que desde Irún envía Sanz Agero, del SIPM, al coronel José Ungría, su jefe. Contiene una propuesta del POUM de Barcelona ofreciéndose como pistoleros para asesinar al presidente del Gobierno Juan Negrín y al ministro de la Gobernación, Julián Zugazagoitia, a cambio de dinero y pasaportes para establecerse fuera de España.

El coronel Ungría aceptó gustoso la oferta de colaboración de los trotskistas. El plan consistía en atacar el vehículo oficial en el que iban juntos al salir de las reuniones del gobierno. Las armas las obtendrían del Ejército del Este, en el que el POUM decía contar con algunos militantes.

La nota de Sanz Agero decía textualmente: El Grupo Luis de Ocharán de Barcelona nos comunica lo siguiente: ‘Utilizando unos elementos del POUM, sería posible la realización de algún atentado contra Negrín o contra el ministro de Gobernación y posiblemente contra los dos, pues andan frecuentemente juntos’. Esto sería bajo la base de facilitarles medios que les permitieran salir a Francia y embarcarse para América como es su propósito. (Los elementos que tendrían que intervenir no han aceptado el ofrecimiento de facilitarles la entrada a la España Nacionalista.)
Estos individuos dicen que se podrían obtener las armas necesarias sustrayéndolas de un escuadrón de caballería del ejército del Este, y que todavía está influenciado por elementos del POUM.

Nos ruega el amigo Ocharán demos una contestación urgente para saber si interesa o no la proposición.

Las conclusiones que se desprenden de aquí son muy jugosas. Primero, es significativo que los trotskistas se hubieran ofrecido a cambiar descaradamente de bando, pero que fueran los fascistas los que no aceptaran su llegada. Por su propia iniciativa, los militantes del POUM hubieran acabado combatiendo gustosos junto con los falangistas y requetés.

Además, puede sorprender que este tipo de contacto llegue desde Barcelona a través del otro extremo de los Pirineos. Para entender esto hay que tener en cuenta que a ambos lados del Bidasoa se había fraguando también la traición del PNV. Allí estuvo instalado el SIFNE, el Servicio de Información de la Frontera Noroeste, uno de los primeros que crearon los franquistas. Más concretamente, esta red de espionaje fue organizada y financiada por Francesc Cambó y su dirigente era José Bertrán y Musitu, el viejo dirigente del Somatén de Barcelona en los años del pistolerismo. Por tanto, una de las vías de contacto del POUM con los fascistas eran lo militantes de la Lliga, alineados con Franco.

El coronel Ungría tardó dos días en responder a la oferta del POUM. No cabe duda de que él por sí no podía decidir en un tema de tanta repercusión para el desenlace de la guerra. El proyecto del POUM fue discutido en el Cuartel General por Franco y los más altos jerarcas fascistas, que eran quienes debían aprobarlo. La respuesta se cursó el 7 de agosto con la siguiente contestación a la oferta trotskista: Se acepta la propuesta hecha en su informe A-Z013, pudiéndose ofrecer el pasaporte que solicitan y 100 (cien) dólares a cada uno de los que intervengan directamente en el asunto, haciendo presente que la aceptación es a base de que la operación tenga éxito, debiendo efectuarse precisamente.

El coronel Ungría tardó dos días en responder a la oferta del POUM. No cabe duda de que él por sí no podía decidir en un tema de tanta repercusión para el desenlace de la guerra. El proyecto del POUM fue discutido en el Cuartel General por Franco y los más altos jerarcas fascistas, que eran quienes debían aprobarlo. La respuesta se cursó el 7 de agosto con la siguiente contestación a la oferta trotskista: Se acepta la propuesta hecha en su informe A-Z013, pudiéndose ofrecer el pasaporte que solicitan y 100 (cien) dólares a cada uno de los que intervengan directamente en el asunto, haciendo presente que la aceptación es a base de que la operación tenga éxito, debiendo efectuarse precisamente contra Negrín y Álvarez del Vayo. Como se observa, en plena guerra, fascistas y trotskistas sostenían una animada correspondencia cuyo calificativo sólo puede tener un nombre: traición.

Es importante también retener el cambio de víctimas que proponían los fascistas. El POUM originalmente se había ofrecido para asesinar al ministro de la Gobernación, Julián Zugazagoitia.

En su lugar, el SIPM propone eliminar al ministro de Asuntos Exteriores, Julio Álvarez del Vayo. Ambos son de la misma organización, el Partido Socialista Obrero Español. La cuidadosa elección no era ninguna casualidad.

El presidente Negrín se había convertido en el principal abanderado de la resistencia al fascismo y su mayor valedor en el gabinete era precisamente Álvarez del Vayo. Por eso ambos debían ser asesinados al mismo tiempo. En cambio, Zugazagoitia era uno de aquellos que había desviado la atención acerca del golpe de Barcelona exigiendo que lo que había que investigar era la desaparición de Andrés Nin. Los fascistas no podían permitir la muerte de quienes prestaban tan útiles servicios. Cuando Zugazagoitia dejó de prestarles servicios, fue entregado por los vichystas y fusilado.

Lo que pretendían los fascistas y sus pistoleros poumistas era liquidar a los partidarios de la resistencia para instalar en su lugar a los liquidadores y, especialmente, a Indalecio Prieto con el fin de negociar la rendición republicana.

Por el momento en los archivos del SIPM no hay ningún otro documento que aporte más información sobre esta estrecha colaboración entre el POUM y los servicios secretos de Franco. Pero algo queda bien claro: no se trata de que hubiera habido infiltrados dentro del POUM sino que era el POUM lo que constituía una infiltración en sí misma.

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