28 sept. 2010

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¿Democracia en España?


Juan Nogueira (Secretario General de los CJC)

A escasos días para la primera Huelga General contra esta crisis capitalista, creo que tenemos que avanzar en la caracterización que hacemos de la misma. Se ha dicho ya bastante sobre cómo la contrarreforma laboral afecta al futuro marco de relaciones laborales, a la clase obrera y a la juventud. Por lo tanto, voy a tratar en este artículo dos aspectos que me parecen más generales.

En concreto, voy a tratar de poner en relación, en primer lugar, las consecuencias de la crisis capitalista con la estructura económica impuesta por la Unión Europea al Estado Español. La crisis es global, sí, pero sólo en España ha multiplicado a este ritmo las cifras de paro y prácticamente sólo en España estamos viviendo una contrarreforma laboral.

Por otro lado, creo que ésta crisis pone muy a las claras que con el actual grado de desarrollo del capitalismo, la misma idea de democracia formal y soberanía popular son conceptos cada vez más molestos para las clases dominantes.

Bien. En el caso del Estado Español, la crisis capitalista está agravada por el marco político y económico propio. Es decir, podemos admitir que estamos ante una crisis global del capitalismo, que comienza como en el sector financiero de la economía estadounidense. Sí, pero hay que añadir también que las características de la economía capitalista española hacen que aquí el resultado se traduzca en una cifra real de casi cinco millones de parados y paradas -en esto sí somos recordeuropeo- y una depauperización muy pronunciada de algunas capas dentro de la clase obrera.

El modelo económico actual del Estado Español tiene su origen en el mal llamado proceso de la transición, aunque sus líneas maestras se esbozaron en 1973, con la crisis del petróleo. La transición trajo nuevas formas políticas, sin mediar una ruptura con el franquismo. Fue más bien un lavado de cara y una readecuación de las fichas del régimen en un modelo oligárquico, pero pluripartidista.

El modelo económico tuvo una mayor variación. No hacia una democratización de la economía, por supuesto, sino como apuesta de la oligarquía por el ingreso en el mercado común de lo que actualmente se conoce como Unión Europea.

Esto ha supuesto la transformación de un modelo desarrollista y productivista1 -bajo el franquismo- en un modelo subsidiario hacia un centro imperialista: la Unión Europea. Las consecuencias han sido varias. Una de ellas, ha sido la destrucción de buena parte del tejido productivo: astilleros, siderurgia, cuotas máximas en los productos ganaderos, reconversión de la flota pesquera,... etc No se perseguía el interés de la economía española, ni en buena medida la de su oligarquía, sino la de la oligarquía franco-alemana, que evitaba así que una gran cantidad de bienes españoles inundaran el mercado europeo sin aranceles.

Además, la Unión Europea ha incentivado una economía destinada al turismo, para lo cual ha sido necesario el desarrollo del sector servicios y la construcción de infraestructuras hoteleras, vacacionales y de transporte. Es una economía diseñada para el disfrute y beneficio de los turistas extranjeros -fundamentalmente, británicos y alemanes- y al pelotazo inmobiliario y energético de la oligarquía local.

Las consecuencias son un tejido productivo débil, un modelo parasitario y dependiente de las burbujas especulativas en torno a una rama (primero la construcción, ahora sobre todo la energía y los transportes) y una economía basada en el sector terciario: es decir, con poca concentración obrera, con empleo de carácter estacional y donde son características la temporalidad y la precariedad.

Durante la crisis, hemos escuchado desde la socialdemocracia en el poder, proclamar un cambio de modelo hacia una economía del conocimiento. Lo que primero era “un cambio de modelo”, luego pasó a ser, simplemente, la convivencia entre los viejos modelos del ladrillo y el turismo de sol y playa con el nuevo del conocimiento. Y finalmente, la ley de economía sostenible y la economía del conocimiento se convertirán en nuevos ejemplos de la larga lista de fracasos políticos del Partido Socialista Obrero Español.

La causa es sencilla de encontrar: es imposible un modelo alternativo basado en la economía del conocimiento, al menos bajo el modo de producción capitalista y mientras España se mantenga en la Unión Europea.

No es que asturianos, vascos, catalanes, andaluces o castellanos seamos menos inteligentes o tengamos menos capacidades en cuanto a conocimiento se refiere que en otros países. Simplemente, nuestra economía capitalista es la de un apéndice auxiliar al centro imperialista: Francia y Alemania. Nuestro peso político es, por lo tanto, equivalente.

La oligarquía no puede cambiar de modelo porque al centro imperialista le interesa que España siga siendo destino de borracheras para sus turistas. Nuestro peso político no permite renegociar las relaciones dentro de la cadena imperialista.

Además, lo que a la oligarquía española no se le permite es entrar en competencia dentro del marco de la Economía del Conocimiento, como en el pasado no se nos permitió en la producción de leche o barcos de mercancías, puesto que es un mercado que Alemania -sobre todo- tiene asentado.

No sólo eso. El coste de producir unidades de producto en la economía del conocimiento requiere inversiones masivas (por ejemplo, en la compra de patentes), que sólo son rentables si esa inversión se reparte en el precio de muchos productos (es decir, si el volumen de producción es muy alto). Es decir, sería necesaria una economía de escala dedicada a la exportación.

Esto es imposible en las actuales circunstancias. En primer lugar, porque no existe en España una infraestructura de centros de alto rendimiento en conocimiento ni inversión. En segundo lugar, porque el modelo económico hacia el que se avanza con los distintos planes en aplicación (entre ellos, el Plan Bolonia), crean una élite minoritaria especializada, pero una mayoría con baja cualificación para un mercado de servicios y turismo. Por hablar claro: la economía española está expulsando a estudiantes del sistema educativo, porque sale caro tener a licenciados trabajando en chiringuitos de playa y hoteles. Si el sistema educativo se está reestructurando con esos parámetros, la flamante economía del conocimiento sólo puede ocupar en España un lugar muy marginal.

Este papel marginal del Estado Español en la cadena imperialista lo hacen dependiente en todos los sentidos y esto se hace notar especialmente bajo la actual crisis económica. Las grandes decisiones se toman en Berlín y en Washington. El ejemplo más gráfico y evidente lo tenemos con la “llamada de Obama” a Zapatero, en el que el Emperador Yanqui impuso el primer paquete de medidas contra pensionistas y funcionarios públicos.

Y en este sentido, una consecuencia de la crisis en el Estado Español ha sido el agotamiento definitivo del discurso socialdemócrata. No existe modelo socialdemócrata propio, diferenciado del neoliberalismo. No sólo lo afirmamos desde la izquierda transformadora, también ha salido en las páginas del Diario Público o incluso del apologeta Iñaki Gabilondo.

Decía Lenin que “la más diáfana división de toda sociedad en partidos políticos se ve más claramente durante las profundas crisis que conmueven a todo el país... La lucha en serio desecha todas las frases hueras, todo lo mezquino y artificial; los partidos tensan todas sus fuerzas, se dirigen a las masas del pueblo, y éstas, dirigidas por el fiel instinto, ilustradas por la experiencia de la lucha abierta, siguen a los partidos que expresan intereses de una u otra clase.”

Ante la crisis capitalista, se ha agotado el discurso interclasista de la socialdemocracia (interclasismo que, por supuesto, en la práctica quería decir favorecer a la oligarquía). Nadie puede afirmar hoy en serio que este gobierno es el de la protección social, el crecimiento, el empleo y los derechos sociales. La socialdemocracia es la cara amable del capitalismo, nada más.

Ellos mismos, a través de todo el paquete de medidas que han puesto en práctica, han descubierto sus cartas reales y éstas ponen claramente “OLIGARQUÍA”.

El discurso socialdemócrata estaba completamente agotado. Es cierto: no hay posibilidad de la discrepancia dentro del capitalismo, los “mercados” mandan y los gestores políticos, sean del signo que sean, obedecen. Cuando el capitalismo no está en crisis, hay espacio para la retórica y las “frases hueras” que decía Lenin. En la crisis capitalista, el capital quiere resultados y no retórica para mantener alienada a la clase obrera.

A nadie se le caen los anillos ni la cara de vergüenza porque Zapatero centrase su última campaña electoral en que votar PP era votar decretazo, mientras que votar al PSOE era votar por la protección social. Y sin embargo, los comunistas sí tenemos que decir bien alto que bajo el capitalismo, la idea de soberanía popular es una utopía.

Este sistema está podrido.

1Esto no es una virtud del franquismo, que financió la creación de la industria española a través del turismo, la inversión mercenaria estadounidense, la sobreexplotación de la clase obrera local y las remesas de divisas de la emigración.

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