25 sept. 2012

Image and video hosting by TinyPic
El deceso de un miserable


Sócrates Fernández
Miembro del Comité Central de los CJC

[...] Yo estaba preocupado por la acogida que podía tener Fraga al llegar a la cabeza y ocupar su puesto; preparamos con tiempo a nuestra gente para que le aplaudiera... y así sucedió. También les aconsejamos que si grupos "izquierdistas"; armaban jaleo no vacilaran en dar vivas al rey. Comprendieron y lo hicieron cuando fue necesario.[1]

Decía en estos días un camarada en su muro de facebook que es fácil adivinar la dignidad de un hombre por el tipo de gente que acude a su entierro. Y no le faltaba ninguna razón.

Después del murmullo inicial, cientos de periódicos con apertura de titulares a cinco columnas junto con las correspondientes genuflexiones de oligarcas de todo tipo y pelaje en pago por los servicios prestados al difunto, es necesario que cinco días después de la muerte de Santiago Carrillo hacer un alto en el camino, pararse y conscientemente tratar de analizar lo que la figura del susodicho representaba, representa y representará en el movimiento comunista de este país.

Santiago Carrillo, desde la heterodoxia que siempre le caracterizó -tanto en el PSOE previo a la Guerra como posteriormente en el PCE- accede en marzo de 1937 a los órganos dirigentes del Partido Comunista en época muy turbulenta, en pleno desarrollo de la Guerra Nacional Revolucionaria.

Al poco tiempo, ya en la comodidad del exilio y a caballo entre Moscú y París y gracias a su condición de Secretario General de las Juventudes Socialistas Unificadas y dirigente del PCE, comienza a urdir su plan para hacerse con las riendas del Partido, ordenando ejecuciones de cuadros comunistas en el interior, paralizando la ofensiva del Valle de Arán sin decisión previa de los órganos del Partido, delatando a Joan Comorera en su paso a España o enviando a Julián Grimau a una muerte segura con la excusa de dirigir la organización del interior, sabiendo que era un dirigente muy conocido por parte de la policía política del fascismo.

Lo que viene a continuación es de dominio muy público: el trabajo de zapa para desacreditar y desplazar a Dolores Ibarruri y facilitar su propio ascenso a la Secretaria General en el VI Congreso en 1960, en un momento donde la correlación de fuerzas a nivel internacional entre las posiciones revisionistas y las marxistas-leninistas se había decantado del lado de las primeras tras el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética.

En la continua degeneración de los principios que caracterizan a un Partido Comunista -atenuada en parte por la gran talla de la militancia del interior, que se jugaba la vida a cada paso durante la dictadura-hasta la década de los setenta del siglo pasado, el proceso de mutación del Partido Comunista en una organización socialdemócrata -política y organizativamente hablando- se acelera y termina por dejar huérfano al movimiento obrero de este país, que hoy en día sigue pagando las consecuencias de la destrucción de su Partido Comunista.

Carrillo fue y es la viva imagen de una historia funesta, la historia de cómo todo un provocador, que cual camaleón se fue adaptando a los tiempos que se daban en la dirección del Partido, media milimétricamente sus pasos para embarcar en su engaño a decenas de honestos dirigentes que no conocían todo lo que se movía entre bastidores.

Aun así, el reformismo que plácidamente dormita instalado en su papel marcado a dedo por parte de la oligarquía como garante y elemento de contención frente a las posiciones revolucionarias en el seno del movimiento obrero, se marca una magistral maniobra aliñada con mucha charlatanería barata para apresurarse a rehabilitar a Carrillo como "defensor del comunismo" [2] y hacerle un homenaje en su particular guateque en San Fernando de Henares. Ahí es nada.

Si, Carrillo ha muerto, pero en cambio el carrillismo sigue muy vivo en la teoría y praxis de los que certifican tener en su haber la sigla histórica de los comunistas en este país, como ha quedado demostrado tras el circo que se ha montado a su alrededor.

Mucho tiene que agradecer la burguesía a Carrillo, pero nada le debemos las masas trabajadoras y los comunistas de los pueblos de España.

[1] Santiago Carrillo, memorias. Editorial Planeta, 2008. Pág 892 en referencia a la manifestación posterior del 23-F.

[2] Declaraciones de José Luis Centella, Secretario General del PCE http://www.larepublica.es/?p=22067

No hay comentarios: