20 mar. 2014

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Crimea a través de la mirada de un comunista voluntario

 
Piotr Krasnov
Pravda
Traducido del ruso por Josafat S. Comín
 
 
El principal lema de la actual propaganda ucraniana, habla de una Ucrania unida e indivisible. La tesis de que “somos un solo país, un solo pueblo, aunque hable en distintas lenguas”, se inculca machaconamente en las conciencias de la población de Ucrania con ayuda de los medios, desde la mañana hasta la noche. Además esto lo hacen esos mismos, que hace unos meses atrás hacían llamamientos a la ucranización forzosa, y al recorte de derechos de la parte de Ucrania “amoskolada” (“moskal”, término despectivo para referirse a los rusos. N de la T.)

Sin embargo en cuanto cruzas la frontera entre Rusia y Ucrania, enseguida te das cuenta que no hay ningún tipo de unidad, Ucrania está dividida por el principio “nosotros” y “ellos”. Fracturada de un modo firme y definitivo. De camino a Crimea pasé medio día en Járkov. La ciudad había recibido a los “invitados de occidente” con la bayoneta calada. Los habitantes de Járkov habían repelido el ataque de los maidanistas contra el monumento a Lenin. “Los nuestros han ganado”, con extraña unanimidad decían en Járkov. ¿A quién hemos vencido? Lógicamente hemos vencido a los “no nuestros”. Las mismas palabras las volví a oír en Zaporozhie, por no hablar de los habitantes de Simferópol y Sebastopol. Esa fina capa de camuflaje de unidad e indivisibilidad de Ucrania que durante 25 años se ha estado imponiendo en la república, había volado en un solo día.
 

Sin embargo Crimea se diferencia sustancialmente de la Ucrania oriental. En Crimea comprenden claramente quiénes somos nosotros y quiénes son ellos. La voluntad del pueblo es una sola: debemos vivir en Rusia.

En Járkov, Lugansk y Donbass todavía no se han decidido si dejar a los antiguos dirigentes, que han quedado en herencia del putrefacto Partido las Regiones de Yanukóvich, o colocar nuevos. Si se opta por los nuevos, habrá que ver hasta qué punto son moderados, o radicales. Y lo más importante, qué es lo que que se ha de exigir a los dirigentes: ¿Un Estado federal? ¿La independencia? ¿El ingreso la Federación Rusa? De optar por este último supuesto, ¿sería como sujetos separados, o una especie de Federación ucraniana oriental?

Mientras la población de la Ucrania del este no decida qué es lo que quieren ser y qué es lo que son, Kiev irremediablemente, a la chita callando, los “embridará”.

El motivo es tan sencillo como inevitable: el capital ucraniano es en gran medida independiente del ruso. Ucrania está repartida entre los oligarcas locales, que harán todo lo que sea necesario para evitar que su “comedero” caiga en manos de Rusia o de quien sea. Los políticos y otros cargos ucranianos no son más que de marionetas obedientes, o en el mejor de los casos, concienzudos socios de la oligarquía ucraniana. Por eso los gobiernos regionales seguirán siempre sirviéndose de las simpatías prorrusas de la Ucrania oriental, para inmediatamente después vender a su electorado por un puñado de dólares. Eso es precisamente lo que ha venido pasando los últimos 25 años en el este del país. Han engañado, han traicionado a su pueblo y han vuelto a robarles.

Enfrentar esto sólo se podría con una idea, que agrupase en torno suyo a todos. En Crimea, esa idea ha pasado a ser la lucha de liberación nacional. Solo uniéndose en torno a esa idea el pueblo ha podido, primero expulsar a todos los cargos de dudosa reputación, y segundo obligar al resto  a cumplir su voluntad. En el este de Ucrania no ha sucedido ni lo primero, ni lo segundo. Al menos, no ha sucedido por ahora.

Las conversaciones sobre la “mano de Moscú” en los sucesos ucranianos merecerían capítulo aparte. Llegamos a Crimea del modo más sencillo: nos sentamos en un tren y marchamos para allá. Nadie nos revisó nada en ese tren. El Simferópol nos cambiamos a un tren ucraniano hasta Sebastopol. Según los revisores,  tampoco nadie les había detenido en Perekop. En la estación de Sebastopol no se veía por ningún lado milicianos, ni cuerpos especiales de la GRU, militares, ni siquiera policía. Si mi baúl hubiese estado cargado de explosivos, lo hubiera podido pasar tranquilamente desde Járkov o Dniepropetrovsk, directamente hasta la alcaldía de Sebastopol. Esa es la “mano de Moscú”. Esos son los “miles de militares rusos que controlan cada edificio y cada estornudo”.

La ciudad está tranquila, la gente va tranquilamente su trabajo. Silencio y calma. Mientras, los medios de Ucrania presentan un cuadro de despliegue militar masivo. Tanques, toma de cuarteles masiva por gentes armadas etc. Llegaron incluso a hablar de violaciones de la población local por militares rusos, algo que lo único que provocó fue risa. No es difícil imaginar para qué necesita el gobierno ucraniano todo eso. En el presupuesto hay un agujero de 15.000 millones de dólares. Al menos desde el gobierno (cuando era oposición) mencionaban a esa cifra. Ahora habla ya de 35.000 millones de dólares. Echarle la culpa de todo a Rusia es la única salida. Esa rusofobia histérica, durará tanto como dure el gobierno provisional ucraniano, que más bien, tendrá una pronta y deshonrosa salida.

Ahora unas pocas palabras sobre papel de Putin y en general del Estado ruso. En Crimea he tenido la sensación de que Putin ha estado haciendo todo lo posible para que todo permaneciese como estaba e impedir la separación de Crimea de Ucrania. La desestabilización de la situación no beneficia ni a una ni a otra parte. Poco les importan los intereses del pueblo. Lo fundamental para ellos es aclarar la cuestión del gaseoducto y continuar tranquilamente sacando dinero de sus países a sus cuentas particulares en occidente.

Ya he mencionado lo que representa esa “élite” ucraniana, sus altos cargos y políticos. En Crimea no se diferencian para nada de sus correligionarios del resto de Ucrania. En todo caso los diferenciaría ese comercio con el “sentimiento ruso” y el modo más descarado con el que se han estado vendiendo a Kiev. En el momento en que la Crimea rusa se alzó, los politicuchos locales tuvieron que comenzar a negociar no sólo con Kiev, también con Moscú. Y la política de Moscú con respecto a Crimea era bastante desconsoladora.

El nuevo alcalde de Sebastopol, Chaliy, el 5 de marzo realizó una visita a la Fiscalía. Al finalizar las conversaciones, manifestó, que el fiscal recientemente nombrado por Kiev, debía permanecer en su cargo hasta la celebración del referéndum. En vez de negociaciones sobre la transición a la zona del rublo, lo que se oía era palabrería patriótica sobre “cómo detuvimos al fascismo o cómo combatieron nuestros abuelos”. Y en lugar de declarar que la pregunta propuesta en el referéndum debía ser la separación de Ucrania, este político local quien hasta hace dos años era un protegido de Yatseniuk, estaba ahora cantando encendidas loas a la mayor gloria de Putin. En respuesta, la gente aplaudía y coreaba alegremente ¡Putin, Putin!

La protesta parecía que  había podido ser ensillada por los análogos locales de nuestros “rusiaunidos”. Y parecía ya que este era el fin. El referéndum se había fijado para el día 30 de marzo. Y como quien no quiere la cosa, se habían olvidado de incluir la pregunta sobre el ingreso en la Federación Rusa. Como máximo se hablaba de restablecer la autonomía de 1992. Esa era la maniobra de Moscú, así es cómo Putin pensaba reunificar Crimea. En la práctica hizo todo, para conservar el statu quo, y preservar la indivisibilidad de Ucrania en nombre de los intereses de Gazprom y la integridad de su gaseoducto. Y ustedes se preguntarán: ¿y qué pasa con esas “gentes amables”? (militares sin signos distintivos. N de la T), ¿no son acaso militares rusos? De eso hablaré más tarde. Primero toca explicar por qué Crimea ha querido pese a todo, ser rusa.

La alarmante y desesperada situación del cinco de marzo, dio un giro brusco de 180° al día siguiente. Y eso es mérito total y absoluto  de las fuerzas de autodefensa de Crimea. La noticia de que el referendo se adelantaba del día 30 al 16, y que va a ser incluida la pregunta sobre el ingreso en la Federación de Rusia, me pilló en el puesto de control. Y lo que viví y vi en ese puesto de control, organizado por las fuerzas de autodefensa, me impactó en lo más profundo del alma.

Ocurre, que en realidad nada depende de los análogos locales de los “rusiaunidos”, dispuestos a vender a quien haga falta, ni de los Yatseniuk, Turchinov, Yárosh, Putin, de los habitantes locales indiferentes, y ni siquiera de Obama y compañía. El destino de Crimea estaba por entero y por completo en manos de la milicia local, en manos de los cosacos del Don y Kuban. Y también dependía de chavales como nosotros, que habían decidido coger rumbo a Crimea, a pesar de todos los cuentos de miedo que salían de la televisión, tanto nuestra como ucraniana.

Los crimeos fueron los que organizaron la cocina de campaña, los que cortaron las carreteras, los que revisaron y registraron los coches. No crean lo que dicen los medios. No ha habido aquí ningún Spetnaz del GRU, ni ningún ejército de Putin. Si hubieran sido la tropas especiales, entonces los liberales estarían únicamente indignados y enfadados. Pero lo que están ahora es asustados. Y hacen bien en asustarse. Porque el pueblo ha adquirido la experiencia de autoorganización y acción sin esperar nada del gobierno. Todos llegaron a defender la ciudad de Sebastopol, jóvenes y mayores: jubilados, estudiantes, obreros, funcionarios. Había gente con escopetas de caza, con porras, con escudos. Nos traían bloques de hormigón en camiones, sacos con arena. La gente se comunicaba a través del móvil con los puestos vecinos, entrenando las tácticas de defensa contra los “zapadentsy” (ucranianos de las regiones occidentales. N de la T.), aprendiendo a utilizar las porras y los escudos. Los voluntarios serbios daban consejos muy útiles. Se ve que tienen gran experiencia en enfrentamientos callejeros con la policía. En los puestos de control hay una estricta ley seca y una férrea disciplina militar. Un completo orden. Los voluntarios nos acercan agua, comida, medicamentos, tabaco… La policía también está con el pueblo. Trajeron un perro para qué registrarse los coches, buscando explosivos. Las abuelas de la aldea cercana nos traían empanadas. El pueblo de Crimea ha demostrado que es capaz de expulsar a los mandamases de sus despachos y colocar gente nueva en su lugar. Y lo más importante: exigir y conseguir del nuevo gobierno que actúe en defensa de los intereses del pueblo.

Y a pesar de todos los intentos de los “rusiaunidos” locales y políticos similares, de tirar todo por la borda y sacar a referéndum solo la pregunta sobre una mayor autonomía, el numerito no les resultó.

La Crimea rusa ha entrado por sí sola a formar parte de Rusia y Rusia la ha recibido con los brazos abiertos. Putin se quedó sin elección. Mejor dicho sí que se le dio a elegir: o acoger a Crimea, o no hacer nada y mirar cómo Crimea combate en solitario con Ucrania, como a través de Kerch, llegan los voluntarios rusos a Crimea, y como, si te descuidas, pueden volver de allí, armados y con muchas preguntas que hacerle a un Putin que hubiese traicionado a Crimea. En una palabra, Putin no tenía elección. Se quisiera o no, no había otra salida que acoger a Crimea en Rusia. Y hemos sido nosotros los que le hemos dejado sin elección: los crimeos rusos, los cosacos, los voluntarios de muchas ciudades de la Federación Rusa. A Putin no le queda otra más que apuntarse él, esta victoria de los voluntarios de Crimea.

Y me voy a detener ahora a decir unas palabras sobre la “gente amable”, que hay que decir que en Crimea no han sido tantos, y desde luego no han sido los que han tenido un efecto determinante. Los militares rusos, como es lógico, han estado bloqueando algunos objetivos. La pregunta es por qué y para qué. Tengo la impresión de que la misión de los militares rusos más bien era impedir que las milicias de autodefensa de Crimea pudiesen por sí solas desarmar a las unidades ucranianas y ocupar determinados puntos estratégicos. En otras palabras la intromisión de la “gente amable”, o como les denomina la televisión ucraniana, los “hombrecillos verdes”, está motivada por esa aspiración inicial de Putin de hacer que no “volcase la barca”, mantener el statu quo y permitir que Crimea siguiese siendo de Ucrania. Por supuesto van a ser los medios ahora los que nos digan cómo Putin anexionó con titánicos esfuerzos heroicos Crimea. Pero en realidad ésta no es una victoria de Putin, sino una derrota. Es una victoria del pueblo ruso y en primer lugar de los crimeos. Putin únicamente se adjudica la victoria.

Y ya que hablamos de adjudicaciones. La temporada del turismo político está a su máximo apogeo en Crimea. A mediodía, por lo visto después de haber dormido bien y bien afeitados, se presentaron en nuestro puesto de control dos hombres trajeados del partido “Rodina”. Nos aseguraron que Rogozin nos ayudaría, se hicieron las fotos de rigor con los voluntarios serbios y se fueron. Ni siquiera nos dejaron tabaco. Más valdría en vez de estar pagando los viajes a estos personajes a cuenta del contribuyente ruso, que se ocupasen de la Flota del mar Negro que año tras año está en peor estado, pese a todo esos cuentos de que se está levantando. Un sinnúmero de diferentes fuerzas políticas llegaron a observar el referéndum del día 16 de marzo. Ahora cada uno querrá apuntarse un tanto en la victoria. Qué le vamos a hacer, es ley de vida, un mal inevitable.


Pero la principal conclusión de los sucesos de Ucrania, es la capacidad del pueblo ruso para la organización, para la acción en condiciones difíciles. Y también el saber cómo actuar cuando es necesario sin esperar órdenes de arriba. Esto significa que tenemos todo por delante. Sabemos y podemos comprender hasta qué punto es necesario instaurar un poder popular en el país, refundar la alianza fraternal de nuestros pueblos. Podemos conseguirlo.

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