7 jul. 2014

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1914-2014. Cien años de imperialismo, cien años de enseñanzas valiosas.


Contribución del PCPE al 23 Seminario Comunista Internacional


Hay años que deben estar marcados a fuego en la memoria de la clase obrera y 1914 es uno de ellos. Las enseñanzas que para el movimiento comunista internacional se extrajeron de aquella época no deben caer en el olvido.

Hay momentos en la historia de la lucha de clases que marcan una diferencia cualitativa con todo lo que ocurría anteriormente: 1914 en una de esas fechas clave porque está cargada de significación política y de enseñanzas para la teoría y la práctica revolucionaria.

¿Por qué la guerra de 1914?

El desarrollo de las fuerzas productivas de la mano de la Revolución Industrial alcanzó unos niveles incomparablemente mayores que en cualquier época precedente. En el marco de las sociedades de clases, el subproducto del desarrollo de las fuerzas productivas es el incremento de la contradicción entre ese desarrollo y las formas de propiedad establecidas sobre los medios de producción. En consecuencia, el nivel alcanzado por las fuerzas productivas a mediados del siglo XIX no se tradujo en un mejoramiento de las condiciones de vida de la clase obrera, del campesinado y de las capas populares. Por el contrario, una crisis de sobreproducción de capitales de dimensiones colosales hizo su aparición por vez primera en la historia del capitalismo.


Como decimos, la crisis capitalista, que se había estado gestando desde la década de los 50 y 60 del siglo XIX, estalla en torno a 1873, convirtiéndose en la mayor crisis de sobreproducción de capitales que hasta la fecha había conocido el capitalismo. Aunque, ciertamente, ya había habido crisis de ese tipo anteriormente, ninguna había tenido tal calado y ninguna tendría unas consecuencias tan importantes como la crisis de 1873-1895. Aquella crisis (significativamente denominada Gran Depresión) supuso una transformación cualitativa del propio sistema capitalista, como recordaba Lenin en su obra El imperialismo fase superior del capitalismo.

En efecto, con la Gran Depresión toda una etapa del capitalismo (la librecambista) deja paso a una nueva fase de su desarrollo marcada por su carácter eminentemente imperialista. Atrás queda el desarrollo relativamente (sólo muy relativamente) pacífico del capitalismo para entrar en una nueva fase en la que la reacción en todos los órdenes será la tónica dominante de la burguesía en el poder.

La aparición, desarrollo y consolidación del capitalismo monopolista prometía unas nuevas reglas del juego marcadas por una burguesía claramente a la ofensiva, redoblando la explotación contra la clase obrera y acentuando la confrontación en el seno de la propia clase dominante. En otras palabras, aquel sector de la burguesía que fuera capaz de explotar más y mejor a la clase obrera nacional e internacional se quedaría con la parte más importante del pastel. El resto estaría condenada a la proletarización y a perder su posición en el seno de la clase dominante: la burguesía se hizo, en fin, claramente imperialista.

Tal es así, que en los años que median entre la Conferencia de Berlín (1885) y la I Guerra Mundial (1914) la burguesía imperialista europea (en especial la inglesa y la francesa) acelera el reparto colonial del mundo. El continente africano, por ejemplo, que hasta la década de los 70 apenas conocía la presencia europea en sus costas y la zona mediterránea, ve como en 30 años no queda prácticamente un rincón del continente sin repartir.

Pocas veces en la historia hubo un mundo más multipolar que el existente en las postrimerías de 1914 y pocas veces en la historia hubo una época en donde se palpara de forma tan clara la guerra que estaba por venir. Esa es, precisamente, una de las enseñanzas más valiosas de aquel período, una lección que los defensores de la teoría multipolar se empeñan en olvidar.

En contra de esa teorización, la existencia de distintos polos imperialistas en pugna no es una garantía de paz. Más bien al contrario: asegura, más pronto o más tarde, una confrontación militar, pues, al fin y al cabo, la guerra es una de las necesidades básicas del capitalismo en su fase imperialista en cuanto constituye una forma de resolver las pugnas inter-burguesas, y más aun en aquellas fases de crisis del sistema..

Y precisamente en aquel momento histórico en el que la socialdemocracia tradicional debió haber jugado un papel vital como vanguardia de la clase obrera internacional, de denuncia de la guerra imperialista por parte de las distintas burguesías nacionales, justo en ese momento, la socialdemocracia se pasó al campo del enemigo de clase.

Como habían anunciado las organizaciones comunistas de la época, empezando por Lenin, la lucha entre las distintas burguesías nacionales desembocó en la I gran guerra imperialista, de la que ahora se cumplen 100 años. La burguesía contó con el apoyo inestimable de un importante sector de la socialdemocracia a la hora de embarcar a la clase obrera internacional en una guerra en la que no tenía nada que ganar.

En efecto, aquel 4 de agosto de 1914 cuando dos de los partidos socialdemócratas más importantes, el francés y el alemán, votaron a favor de los presupuestos de guerra y entraron a participar en los gobiernos de sus burguesías, no sólo estaban colocando a la clase obrera detrás de sus burguesías “nacionales”, estaban asestando, además, el golpe definitivo a la II Internacional como estructura valiosa para los intereses de la clase obrera. 1914 marcó, pues, la línea roja que, desde entonces, separa a las posiciones revolucionarias de las oportunistas.

Esa fue otra de las grandes lecciones que extrajo el movimiento comunista internacional. El peligro de colocarse detrás de la burguesía nacional es destruir la capacidad de la clase obrera de confrontar con garantías de éxito el combate político e ideológico contra la burguesía.


La etapa histórica que nos toca vivir.

Hoy, cien años después de aquella guerra, aquellas lecciones siguen siendo de tremenda actualidad. El capitalismo en su fase imperialista sigue desarrollándose cada vez con mayores dosis de violencia.

Hace mucho tiempo que el imperialismo no tiene nada que ofrecer a la clase obrera ni a los sectores populares, salvo más hambre, más miseria, más explotación y más guerra, aunque haya quienes se empeñan en prolongar la existencia de este sistema degenerado y podrido.

La crisis de 2007, aun más profunda que la de 1873 y seguramente más que la de 1929, continúa por los derroteros que ya anunciara Lenin en 1917.

Desde el PCPE venimos planteando que la oligarquía monopolista ha desatado una guerra abierta contra la clase obrera y los sectores populares que adquiere unas formas u otras en función de la oposición que sea capaz de plantarle la clase obrera de la mano de sus organizaciones de vanguardia.

La concentración y centralización de capitales avanza a pasos agigantados, liquidando a ojos vista la de por sí residual capa media de pequeños propietarios, a los que lanza a la proletarización, acentuando la tendencia a la polarización de la sociedad entre poseedores y no poseedores de medios de producción.

Pero la peor parte de este combate se lo está llevando la clase obrera. La destrucción del exceso de fuerzas productivas en forma de paro masivo alcanza en España cifras escandalosas (casi 6 millones, más de un 25%), llegando en el caso de la juventud a más de un 50%.

El resto de la clase que encuentra empleo, lo hace en unas condiciones de explotación inauditas con aumentos de la jornada laboral sin subidas salariales, ataques sistemáticos a la negociación colectiva, abaratamiento del despido, contratos de formación y aprendizaje que en la práctica son de cuasi esclavitud…

A todo esto hay que sumar, la pérdida de poder adquisitivo de las pensiones, las privatizaciones de los servicios sociales (sanidad, educación…) y el recurso a la guerra de rapiña en cualquier lugar del mundo.

La Guerra y Ucrania.

Hoy, para la oligarquía monopolista, la guerra no es una excepción, ni mucho menos un mal menor. La guerra es hoy para la clase dominante un recurso indispensable sin el cual le resultaría imposible sostenerse en el poder como tal clase dominante un solo día más.

El caso de Ucrania es sólo el último ejemplo. En aquel país, tres imperialismos están tratando de sacar tajada de la situación. EEUU y la UE, por una parte, tratan de colocar en el poder al sector de la oligarquía ucraniana más proclive a sus intereses, en detrimento de otra fracción de aquella burguesía (personificada en Yanukóvich y compañía) más cercanos a la rusa.

En medio, una clase obrera y un campesinado ucranianos hartos de una crisis capitalista que les está condenando a una miseria y un hambre inimaginables en tiempos de la URSS y que están comprendiendo, de la peor forma posible, el precio que los trabajadores y las trabajadoras, en especial del este europeo, tuvieron que pagar por el triunfo de la contrarrevolución en la Unión Soviética.

Fracasado el golpe de estado auspiciado por los polos imperialistas de EEUU y la UE, gracias a la lucha de la heroica clase obrera ucraniana y de su Partido Comunista, los polos imperialistas occidentales recurren a una de sus mejores armas: el fascismo.

Organizaciones fascistas creadas, financiadas y protegidas por la UE y EEUU como Pravi Sector y Svoboda, son las responsables del asesinato de más de 40 compañeros y compañeras comunistas y sindicalistas del pasado 2 de mayo en la Casa de los Sindicatos de Odessa, plasmando de forma sangrienta la intensificación de la lucha de clases en aquel país.

Las tareas de las organizaciones comunistas hoy

En el marco de la fase imperialista del capitalismo, la guerra constante es el escenario de presente y de futuro que nos depara la oligarquía y que apuntalan las posiciones oportunistas y reformistas.

Y aquí los Partidos Comunistas no podemos flaquear. Debemos decir alto y claro que una guerra perpetrada por una oligarquía imperialista es una guerra imperialista. Da igual con que retórica quieran disfrazarla; la oligarquía monopolista sólo hace guerras imperialistas.

Los bolcheviques supieron comprender en 1914 que detrás de proclamas patrióticas lo que se estaba dilucidando era una guerra imperialista entre burguesías imperialistas. Hoy los socialdemócratas de la Internacional Socialista, los reformistas del PIE, los trotskistas y demás corrientes oportunistas en el movimiento obrero siguen estando en el campo de la oligarquía. No son aliados de la clase obrera.

Y hoy, igual que ayer, enfrente tienen a los partidos comunistas consecuentes, a los partidos que, armados con el marxismo-leninismo, saben comprender el carácter de clase de las guerras imperialistas, pero también la potencialidad revolucionaria de esas guerras imperialistas.

En palabras de Lenin, forma parte de nuestra tarea “transformar la guerra imperialista entre los pueblos en la guerra civil de los oprimidos contra sus opresores”: 

1) denuncia del carácter imperialista de la oligarquía y de las guerras que protagoniza; 

2) denuncia implacable de quienes de una u otra manera justifican las guerras imperialistas; 

3) explicación a las masas que sólo el poder obrero es capaz de acabar con las guerras imperialistas; 

4) la culminación de la paz por separado en caso de guerra y 5) la conversión de cada guerra imperialista en una guerra civil contra la oligarquía financiera y el capitalismo: esa es una de nuestras tareas.

Como recogemos en las tesis de nuestro IX Congreso, vivimos en la etapa histórica de transición del capitalismo al socialismo en la no hay tareas democráticas que dependan de ningún sector de la burguesía. El capitalismo se encuentra en estado de muerte histórica y es tarea de las organizaciones comunistas acelerar esa muerte. No es posible ninguna alianza con la burguesía porque no hay ningún sector de la burguesía que esté objetivamente interesado en mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera y de los sectores populares.

Hoy la oligarquía monopolista se encuentra en una encrucijada histórica: o aumenta sin cesar el grado de explotación de la clase obrera y convierte la guerra en una realidad cotidiana o desaparece como clase dominante. La Historia nunca vio que ninguna clase dominante desapareciera pacíficamente. En consecuencia, la tarea de los Partido Comunistas es preparar a la clase obrera y a los sectores populares para ese combate que ya se está librando.

Por eso, hoy la única alianza posible de la clase obrera es la que se temple con el campesinado y con los sectores populares en el marco de lo que desde el PCPE llamamos el Frente Obrero y Popular por el Socialismo. Una alianza que, teniendo como punto de partida el análisis científico del desarrollo del capitalismo actual, contribuya no a cambiar un gobierno por otro o a tratar de gestionar el capitalismo, sino a destruir el propio sistema y comenzar a construir una sociedad socialista-comunista, única en la que los intereses de la mayoría social están garantizados.

Acabar con la prehistoria de la humanidad, en eso se sintetiza la tarea de los y las comunistas.

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